lunes, 14 de octubre de 2013

La caída

Un edificio ruinoso, de escaleras derruidas, ascensores estropeados. Ventanas rotas. Pero en pie, resistente en su frágil estructura a los azotes del viento y las dificultades, resplandeciente en su luz. 

Hasta el día del ciclónico bombardeo.

En un destello cegador cayó hasta el último muro, se incendiaron todos sus restos, convirtiéndose en un desordenado mar de escombros y ceniza. Pisoteado por lobos, y sobre el que nunca ya volverá a brillar el sol.



Perdido en medio de la nada. Humeante. Vacío. Y muerto.

En realidad era previsible. Siempre supe de la llegada del ciclón y me esforcé en dirigirme con obstinación a su centro en lugar de emprender la razonable huida. Viendo amaneceres donde no hay más que oscuridad en ciernes, soy la única responsable de mi suerte.

Este maltrecho edificio en que compartían asilo mente y corazón difícilmente encontrará reconstrucción posible. Sin paredes que compartimenten razón y sentimientos, es la locura quien gobierna la confusión.

Prefiero ahora que la vegetación lo engulla, que lo cubra y purifique su extensión malograda. Las plantas que allí crezcan se cubrirían de poderosas espinas con que protegerse si tuvieran energía suficiente para ello. Entretanto, cerrarán sus flores a la primavera, y esperarán que el viento comience a soplar a favor.



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